En estas páginas me he referido recientemente a dos intelectuales que admiro: Herman Hess y Stefan Zweig. Podía referirme a bastantes más que han influido tanto más en mi opinión: José Luis Sampedro, Lolo Rico, Mario Benedetti, Susan George, Noam Chomsky, Bertrand Russell, Belén Gopegui,.. Sin embargo no se trata hoy de hacer un listado de personas, sino más bien de cómo se han venido entendiendo los tres conceptos del título (y algunos relacionados) en distintas épocas y de camino el reflejo entre sus notables.
Empecemos por la ahora denostada política. Conviene que, pese el desamor que genera a primera vista, recuperemos el verdadero sentido de la misma y apartarla de las malignas adherencias que se le han atribuido. Recordemos que por su etimología esta palabras viene de polis palabra griega que significaba ciudad o comunidad que se administraba por sí misma. De donde, al menos yo, deduzco la tarea necesaria entre y para las personas que viven en un mismo lugar, región o estado. En ocasiones anteriores hemos aceptado los graves defectos en que ha caído la gobernanza común como consecuencia de dos males complementarios. Por un lado, la delegación o dejación de la mayoría de las ciudadanía de sus compromisos sociales. Como ejemplo, salía a relucir el caso próximo de la comunidad de vecinos o escalera. Hasta en edificios de cuatro o cinco viviendas, ante la primera dificultad, como que la persona que de manera más o menos altruísta se venía haciendo cargo pide la conveniente rotación, se decide contratar a un administrador o empresa. Luego, y dependiendo de como vaya en la nueva situación, con frecuencia y de resultas de que de todas maneras alguien tiene que ejercer la presidencia, antes o después se llega la conclusión de que el ojo del amo engorda al caballo.
Aparte de ese ejemplo, alguien me viene a recordar aquello que se decía desde el 15M que no nos representan o no hay pan para tanto chorizo al denunciar la ahora creciente (o más denunciada) corrupción. Para desligar el asunto del ya apuntado decreciente compromiso social, se nos suele argüir que lo que pasa es responsabilidad de los políticos, entendiendo por tales a quienes militan en los partidos. Para no enredarnos en la distinción y/o complementariedad entre políticos profesionales y ciudadanía responsable, reparemos en los partidos y en alternativas a ellos. Desde antiguo había una división entre quienes, como el movimiento anarquista, rechazaban la delegación de tareas en representantes prefiriendo la acción directa y la voz de la asamblea, frentes a los partidos políticos. En este caso la asamblea delega muchas de sus atribuciones en comités o juntas directivas. De esta manera hay una implicación aun más desigual en uno u otro caso en función de que se pertenezca o no a dichos comités. Ahí es donde empieza la profesionalización de la política.
Abundando en los partidos, éstos cada día responden menos a la imagen de otros tiempos. La afiliación cada día pierde más la función mediadora, entre la sociedad que responde a la ideología que decía representar y los cargos públicos que los representan, para ser o simples comparsas, o semillero en escalafón de profesionales. Muchas de aquellas funciones las ejercen hoy los tecnócratas, principalemente de los sondeos de opinión y de la publicidad e imagen. Pero no sólo está en discusión el papel de la militancia o afiliación de los partidos, también la de los cargos o políticos profesionales. En este caso, entran en colisión/colaboración con los expertos o tecnócratas de área. Surge aquí el expertismo, esa función híbrida entre científica y conocedora de la realidad política que rodea a cierta materia. En esa tierra de nadie, la representación genuina de la ciudadanía puede ser condicionada, además de por la realidad más o menos rigurosa, por las presiones que ciertos grupos económicos visten con ropaje técnico y/o científico.
Así llegamos a la dramática situación a que los intelectuales han dejado de ejercer hoy en mayor medida, como solían. En principio habría bastante que matizar sobre ser o no intelectual.Sí, porque habría que matizar quien es o no intelectual (persona que se dedica a actividades que requieren especial uso de la inteligencia). El empleo de la inteligencia es también relativa en cada ámbito: hay personas que llegan profundas y creativas reflexiones, otras que se hacen un prestigio de base memorística, otras por su habiliades de relación. Ante la confusión entre el intelectual de reconocido prestigio, más distinguible en el pasado, cuando había menos tentación de confundir saber y poder en esa mixtificación del tenócrata, o cuando se trataba de construir un discurso en el que se compartiera el rigor del conocimiento, con la perpectiva trascende de la época alumbrada por el enfoque ético y humanista.
De alguna manera, henos vuelto a recaer en el compromiso que vale tanto para la vecindad activa del bloque, como para la ciudadanía que participa en reprensentación o simplemente votando y pidiendo cuentas, como el intelectual que maneja con honestidad la propia inteligencia como el caudal colectivo del conocimiento en beneficio del común.










