Esta es desde que ocurrió, una batalla registrada por la historia, que se dio en el tercer milenio a.C, entre las tropas del Rey Pirro (de Epiro, Grecia) y el entonces ya potentísimo Imperio Romano.
Pirro, invadió el sur de Italia y ganando la batalla, sufrió bajas en su ejército, notablemente mayores que las que sufrieron los romanos. Aun obteniendo la victoria, se quedó casi sin ejército.
Hubo inconcebible y comparativamente, más daño en las filas del vencedor que en las del vencido. Esta batalla de Ásculo, ocurrió sobre el año 278 a.C . Esto, ¿Cómo se explica?
Tiene una explicación inconcebible, que consiste en que Pirro, utilizó en esa batalla, unos 30 elefantes, que los romanos nunca habían visto; ni sabían que existían ese tipo de animales y aterrorizadas la legiones romanas, que eran solamente tropa de a pié, al ver las imponentes figuras de estos bichos de los griegos, huyeron como alma que lleva al diablo. Por eso, Pirro ganó la batalla, como consecuencia de la “huida por el miedo”, producido en las tropas romanas, a ver los elefantes, a pesar de las innumerables bajas que sufrió el rey griego en sus tropas, que provocaron la práctica desaparición de las mismas.
Una “Victoria Pírrica” es un triunfo vacío, que no vale la pena obtener, porque se pierde mucho para lograrlo. Victorias Pírricas han existido siempre en la historia, aunque quizá la que más nos suene, pueda ser ésta de Ásculo. Muchas de ellas, reflejadas en las deterioradas y a veces impuestas relaciones políticas, religiosas, sociales, personales, entre los seres humanos. De este ejemplo de confrontación se puede sacar un corolario.
Es una difícil tarea estar en la permanente búsqueda de la Verdad, para crecer en autenticidad ante ti mismo y frente a muchos de los seres que te rodean. Pero la búsqueda de esa Verdad, no significa estar en posesión de ella, ya que quizá, nunca la obtengamos plenamente. Porque supone contrastar, debatir, dialogar y sobre todo dudar. Una duda sobre las “verdades” que cada uno de nosotros, creemos haber encontrado, es fundamental, necesaria, para así poder discernir.
Hay veces que las vidas de muchas personas, quedan ignoradas, abandonadas y entregadas al barquero mitológico Caronte, para que previo pago de su trabajo, como transportador de almas hacia el Inframundo o Hades, sean juzgadas para la eternidad.
Los familiares de los difuntos, pagaban una moneda a Caronte para el viaje, atravesando el rio, y se la colocaban en la boca al fallecido. La entrada al Hades, estaba flanqueada por dos perros, con varias cabezas cada uno (llamados Cancerberos) para la defensa en la entrada de aquel Inframundo. Pero el inframundo, en demasiadas ocasiones lo generamos, lo hacemos real en nuestras vidas, al igual que esa “Victoria Pírrica de la que hablo”, porque preferimos hundir a las personas, nos cueste lo que nos cueste, para así sentirnos mejor aunque minemos nuestro ser, creyéndonos poseedores sistemáticos, del total de esa Verdad. Adormecer la conciencia, a muchas personas les resulta fácil. Sólo basta centrarse obsesivamente en los defectos de alguien, para justificarse ante sí mismos, y dar por natural y verdadero, una gran mentira que pueden manejar y utilizar contra otra persona, porque hemos convertido este mundo, en frecuentes batallas, para lograr nuestros fines, aunque éticamente, sea detestable o condenable.
Si decidimos apartar de nuestro lado a una persona, porque sientes desagrado y rechazo hacia ella, acaso desde nuestro propio Ego, la hayamos condenado de antemano haciéndole un daño personal y social inmenso. Y esa persona que enterramos en vida, acaso pueda resurgir de sus cenizas como el Ave Fénix.
Posiblemente hayamos conseguido una “victoria” en esa lucha que hemos iniciado contra alguien. La verdadera riqueza, la verdadera victoria, está en trabajar por tener un corazón honesto, que nunca nacerá de la desgracia ajena, porque ¿Qué permanece en nosotros, cuando la riqueza interior que es nuestra moralidad, nuestra conciencia, la adormecemos?
En demasiadas ocasiones, convertimos las relaciones humanas, sociales, en un “Campo de Agramante”.









