El donatismo fue un movimiento cristiano surgido en el norte de África a comienzos del siglo IV, a raíz de las persecuciones del emperador Diocleciano. Más que una herejía doctrinal en sentido estricto, se trata de un cisma donatista, porque la disputa inicial afectaba sobre todo a la naturaleza de la Iglesia, la validez de los sacramentos y la legitimidad de determinados obispos.
Durante la persecución de Diocleciano (303-305), algunos cristianos y clérigos norteafricanos entregaron las Escrituras o bienes sagrados a las autoridades. A estos se les denominó traditores (traditores, «los que entregaron») ya que un edicto de Diocleciano del año 303, ordenaba que las Escrituras cristianas fueran entregadas para ser confiscadas y destruidas. La ejecución de la orden correspondía a magistrados y funcionarios municipales/provinciales romanos. En Cirta (Numidia) existe un acta particularmente interesante que recoge que el funcionario Munatius Felix, curator rei publicae de Cirta y sacerdote pagano (flamen), acudió con sus colaboradores a la sede episcopal cristiana para inspeccionarla y exigir los objetos y libros de la Iglesia. Los clérigos declararon que las Escrituras estaban en manos de los lectores, y finalmente se entregaron determinados bienes de la Iglesia. El episodio quedó registrado en las actas oficiales. Por otro lado, no todos los traditores entregaron necesariamente las Escrituras auténticas. Algunas fuentes hablan de cristianos que entregaron libros litúrgicos o incluso obras profanas en lugar de las Escrituras, intentando engañar así a las autoridades.
Cuando terminó la persecución surgió una cuestión fundamental: ¿Puede un obispo que ha traicionado la fe durante una persecución seguir siendo un verdadero ministro cristiano? Los sectores rigoristas respondieron que no. Consideraron que la Iglesia debía estar formada por cristianos auténticamente santos y que los sacramentos administrados por ministros indignos eran problemáticos.
El episodio no hizo más que empezar. En 311 fue elegido Ceciliano como obispo de Cartago. Sus adversarios argumentaron que su consagración no era válida porque uno de los obispos que había participado en ella, Félix de Aptunga, había sido acusado de traditio. Los rigoristas eligieron entonces a Mayorino como obispo rival y tras la muerte de este, aproximadamente en 312, le sucedió Donato, que se convirtió en la figura principal del movimiento contrario a Ceciliano. De él procede el nombre donatismo. Por tanto, desde muy pronto existieron dos iglesias rivales en el norte de África.
El problema no era simplemente quién debía ocupar la sede de Cartago, además estaban en juego dos concepcioens diferentes de la Iglesia, los donatistas que defendían la necesidad de una Iglesia santa, la importancia de la integridad moral de los ministros, la ilegitimidad de los traditores, la necesidad de volver a bautizar a quienes procedían de determinadas comunidades consideradas inválidas y una fuerte memoria de la Iglesia de los mártires, hasta que el problema sacramental se convirtió en el núcleo de la controversia. Los donatistas tendían a considerar que la situación moral del ministro tenía consecuencias para la legitimidad de su ministerio. Los adversarios terminarían defendiendo que la eficacia del sacramento no depende de la santidad personal del ministro. Esta última posición será más tarde defendida por Agustín de Hipona.
El conflicto adquirió rápidamente una dimensión política porque el cristianismo estaba entrando en una nueva relación con el Imperio. Los donatistas apelaron al emperador Constantino, pero las decisiones de Roma y posteriormente del Concilio de Arlés (314) favorecieron a Ceciliano. El conflicto, sin embargo, no desapareció. En 347, durante el reinado de Constancio II, el Estado intentó acabar con la división por la fuerza. Donato fue expulsado de Cartago y murió en el exilio aproximadamente hacia 355.
Al donatismo se asociaron grupos conocidos como circumcelliones, especialmente activos en las zonas rurales de Numidia. Las fuentes católicas los presentan como grupos violentos que atacaban propiedades, clérigos y comunidades católicas. Sin embargo, conviene tener cierta cautela histórica ya que buena parte de la información procede precisamente de los adversarios del donatismo. El fenómeno tuvo también dimensiones sociales, económicas y regionales, y no puede reducirse simplemente a una cuestión teológica. El donatismo tuvo una implantación especialmente importante entre las comunidades rurales de Numidia.
Por su parte, Agustín de Hipona comenzó su enfrentamiento intelectual con los donatistas a finales del siglo IV. Su argumento fundamental fue que la Iglesia no podía identificarse con una comunidad formada exclusivamente por personas moralmente perfectas. Para Agustín, Cristo es quien confiere eficacia al sacramento, no la virtud personal del sacerdote que lo administra, de ahí deriva una idea que tendría enorme importancia en la teología sacramental posterior: la validez del sacramento no depende de la santidad del ministro. También desarrolló frente a los donatistas una concepción universal o «católica» de la Iglesia donde la verdadera Iglesia no podía ser solamente una comunidad africana que reivindicase la pureza de los mártires, sino una Iglesia extendida por todo el mundo.
El enfrentamiento culminó en la Conferencia de Cartago de 411, convocada bajo autoridad imperial, donde participaron aproximadamente 280 obispos de cada bando. El resultado favoreció a los católicos y posteriormente el poder imperial adoptó medidas contra los donatistas. En 412 se promulgó legislación que incluía multas, confiscaciones y exilio para los seguidores de Donato. A partir de entonces el donatismo comenzó a declinar, aunque no desapareció inmediatamente. Sobrevivió durante buena parte del siglo V e incluso existen indicios de su persistencia posterior en determinadas regiones africanas.
Optato de Milevis, uno de los primeros grandes autores católicos contra los donatistas, los denominó cismáticos, no herejes.
PARA SABER MÁS:
-Maureen A. Tilley, The Bible in Christian North Africa: The Donatist World. Minneapolis: Fortress Press, 1997.
-Brent D. Shaw, Sacred Violence: African Christians and Sectarian Hatred in the Age of Augustine. Cambridge: Cambridge University Press, 2011.
-Richard Miles (ed.), The Donatist Schism: Controversy and Contexts. Liverpool: Liverpool University Press, 2016.
-M. J. Edwards, Optatus: Against the Donatists, Translated Texts for Historians 27, Liverpool University Press, 1997.
-Bart D. Ehrman, Christianity in Late Antiquity, 300–450 C.E. Oxford University Press, 2004.









