El estruendo de los motores, las sirenas luminosas y el eco inconfundible de la megafonía componen una de las estampas más vivas de la Real Feria de San Agustín, donde la diversión, la música y el reencuentro popular encuentran su reflejo más vibrante en la explanada de las atracciones. Para la infancia linarense y para la juventud que busca emociones fuertes, la cita ferial no se entendería sin el ritual de acudir a los tradicionales «cacharritos», ese territorio suspendido en el aire donde ponerse a prueba, desafiar los límites del vértigo y compartir risas colectivas.
La oferta lúdica despliega un abanico que abarca desde las estructuras más sofisticadas para los amantes de la adrenalina —donde la fuerza centrífuga, los giros imposibles y la sensación de caída casi libre son los auténticos protagonistas— hasta los carruseles entrañables adaptados a los primeros pasos de los más pequeños, pasando por los clásicos pasajes y túneles del terror que nunca faltan a la cita del albero. Sin embargo, el paisaje ferial vuelve a dejar este año una nota de nostalgia compartida con la ausencia, una edición más, de la clásica noria monumental, una silueta tradicional cuya presencia se ha vuelto cada vez más infrecuente no solo en Linares, sino en los recintos festivos de numerosos puntos de la geografía nacional.













