De nuevo la vida renace. De nuevo crece la flor en el fresco jardín, labrado huerto también de ternura y deseo.
Y es que Camila y Juan Antonio, que no se conocían, encontraron sus anhelos de mucho tiempo, dormidos en el viejo cajón del olvido, que desempolvaron un día de junio, decidiendo hacer realidad el proyecto de dar y recibir para el resto de sus vidas. Han tenido la suerte de coger el último tren con destino a la felicidad que posiblemente les fue negada por mucho tiempo, contra su voluntad, pues él, una persona honesta, ella igual y una mujer inteligente, que rebosa ternura, van a vivir, ya lo están viviendo, porque lo manifiestan en sus caras, la experiencia más maravillosa, sembrada de ilusión que nunca dos seres humanos, preñados de amor, puedan realizar.
Porque la vida para ellos, empieza a florecer en el septuagenario vagón de encuentros y desencuentros, de amores que pudiendo ser realidades plenas, nunca tuvieron la suerte de germinar con otras parejas hasta ese día de junio, cálido y refrescante al tiempo. Es una vida que piensan vivir con toda la intensidad del rojo horizonte que un todavía lento atardecer, pone en sus manos y en sus corazones, plagado de sinfonías en una variada y rica paleta multicolor, que el Pintor Celeste, ha derramado sobre el lienzo de sus existencias, en muchos momentos anteriores, demasiados quizá, plagados de ausencias y desafectos.
Yo veía, todos sus amigos veíamos, la noche en que estuvimos juntos, como se amaban. Y lo hacían a la guisa de quinceañeros, sin cortedad, recreándose en sus recatadas caricias. Ella tocaba suavemente la mejilla de él, que se sentía transportado a otros mundos, haciendo casi un sacramento de esas caricias para decirle lo que le quería y seguro que los que estábamos presentes, porque yo lo hice, pensamos cuán hermoso era ver a una pareja de seres con casi setenta años, en la forma en que se amaban, porque además inconscientemente, ellos eran sabedores que con sus manifestaciones amorosas, sus amigos estábamos disfrutando de verles tan felices.
Camila me decía, que hacía mucho que no había sentido por un hombre algo así, que nunca estuvo tan ilusionada y tan deseosa de vivir la vida de esta manera, que estos sentimientos eran totalmente nuevos para ella, y había que estrujarlos hasta la última gota, porque habían llegado a ellos en el atardecer de sus vidas.
Eran como un torrente impetuoso de agua cristalina, que busca desesperada la quietud de un remanso, en el feliz e íntimo encuentro. Así corría la sangre por sus venas cuando se cruzaban sus miradas, desbocado el corazón, adelantando ese sublime momento que luego harían realidad.
Juan Antonio me comentaba, que hacía más de treinta años, quizá nunca, le hubiese latido el corazón con tal fuerza al ver la mujer a quien irrefrenablemente amaba. Yo pensaba interiormente… ¿cuántas parejas de jóvenes, de maduros ya, carecerían, desconocerían tales vivencias, sentimientos y entregas, que hayan hecho de su vida común, una monotonía en el mejor de los casos, para vivir en una ausencia permanente junto al otro, junto a la otra?.
Nos fue a sus amigos una noche grata, porque estoy seguro que el amor a nuestra pareja, salió reforzado gracias a ellos. Qué maravillosa es la vida, cuando alguien, en la natural y espero que larga recta final de la misma, nos redescubre a los demás, bastante más jóvenes, que la ilusión por una mujer, por un hombre, el deseo en todo el amplio sentido de la palabra, está inmanente aún en el corazón, y más o aún, son capaces de exteriorizarlo, rompiendo los absurdos tópicos de la imposibilidad de amar en esta edad, en la presencia, en el espíritu y también en la carne.
Qué felicidad sentimos de pensar que si llegamos a los setenta, podamos seguir amándonos como hoy lo hacemos, como vosotros lo hacéis hoy también. Podéis estar seguros que habéis añadido a nuestro futuro un rayo de esperanza. Va por vosotros, nuestros amigos, por el amor que os profesáis, por ese amor que es capaz de transformarlo todo. En el amor humano y en el amor cristiano.
Juan Parrilla Canales.











