El veinticuatro de Marzo, se cumplían 21 años de la muerte de monseñor Oscar Arnulfo Romero en el Salvador. Este obispo, paladín de la lucha contra la injusticia y la opresión del pueblo salvadoreño, defensor a ultranza de los desposeídos, era abatido de un certero tiro en el corazón, con una bala explosiva, mientras oficiaba misa. Se la dispararon desde la calle, pues las puertas del Templo siempre estaban abiertas mientras los actos religiosos.
Un día antes, el 23 de Marzo, decía en su homilía: … “ En nombre de Dios pues, y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo, cada vez más tumultuoso, les suplico, les ruego, ¡ les ordeno!; en nombre de Dios, ¡ cese la represión!.
Estas, sus últimas palabras, constituyeron su sentencia de muerte. El capitalismo inhumano y desgarrador, la oligarquía financiera salvadoreña, fiel can de su supremo dueño norteamericano, no podía permitir más la intromisión de un “obispucho”, decidiendo quitarle de en medio, para que su voz, no siguiese alimentando a los sin voz. Estos hombres y mujeres sin voz, que tenían en monseñor Romero, su baluarte en la defensa de sus más elementales derechos, perdían los poquísimos que les quedaban, este sombrío dia 24 de Marzo.
Convendrá decir que este obispo del pueblo y para el pueblo, de una extracción social humilde, sufrió un proceso de conversión al descubrir la grandeza de alma de ese pueblo, reprimido y masacrado por el fascismo militar y paramilitar y por el gobierno de su país,“mandados” todos por el minotauro estadounidense.
Monseñor, en un principio, fue un obispo anodino, pegado a la sombra del poder establecido y de la Conferencia Episcopal Salvadoreña, como la mayoría de los obispos de aquel país, de todos los países, que tienen como único objetivo, pues tristemente no demuestran con sus actos otra cosa, “hacer carrera” de su privilegiado estatus social y religioso, “olvidando” acaso el Libro del Mensaje, en el dormitorio de su palacio episcopal.
Y el Evangelio es claro….. “ No se puede servir a dos señores…”. Él tuvo como cristiano la gran suerte de redescubrir esa realidad liberadora, de redescubrir el Evangelio, hasta el punto de costarle la vida. Y descubrió esa Palabra duramente, amargamente, cuando su amigo el sacerdote Rutilio Grande era asesinado, como él lo sería posteriormente, por el delito de estar junto a los pobres del Evangelio, por ser la voz del oprimido, la voz que clamaba en el desierto.
Acaso pudiese parecer que para quien escribe, sólo una vida así, como la de Oscar Romero, es el paradigma absoluto del “camino la verdad y la vida”. No es así; pero sin dejar de reconocer el inconmensurable sacrificio de este obispo, sacrificio que acabó en martirio, que por otra parte el no buscó, hay que decir que el compromiso con el testimonio y la vida de Jesús, para quienes optan desde la vocacionalidad institucionalizada por ese mensaje, y para los que conformamos el pueblo llano, ha de ser diáfano y esto no se da en la amplia mayoría de la jerarquía de la Iglesia ni de la sociedad.
Soy consciente que para Europa, para España, la forma en que el pueblo latinoamericano se acerca a este mensaje liberador, resulta muy difícil de entender, ya que vivimos un buen número de cristianos instalados en la comodidad, la opulencia, sobre todo si nos comparamos con estos pueblos, donde nuestra posición ante el Evangelio, viene determinada y condicionada por el miedo a perder las cotas conseguidas en lo económico, en el consumo,…… nuestro gran dios.
Si nos atrevemos a contrastar con el Mensaje en la mano, la línea de liberación personal y social con que el pueblo centro y suramericano vive su realidad evangélica, desde la más absoluta pobreza, ignominia y abandono por los gobiernos, con la teología europea, condicionada por este ídolo consumista, la comodidad y la insolidaridad, claramente en el saldo quedamos deudores.
Se trata pues, de una teología que libera, en contraste con otra que aliena, dejando ésta segunda de ser teología para convertirse en idolatría por connivencia con nuestro egoísmo y nuestra injusticia.
La auténtica evangelización, el amor al Evangelio, al Mensaje del Carpintero, vendrá sin duda de la mano de los más oprimidos del planeta, porque occidente perdió la sintonía con el Maestro hace mucho tiempo y necesita urgentemente ser reevangelizado.
Monseñor Romero pasó de ser un obispo “ortodoxo”, acomodaticio frente al poder, a estar en primera línea de la denuncia evangélica frente a la injusticia, haciendo delación contínua, no sólo de las causas de opresión, sino también de sus responsables:
“En el gobierno de mi país veo dos sectores. Los que tienen buena voluntad, pero que no pueden hacer nada, y los que no la tienen y son responsables de la represión. A unos les digo: hagan valer su poder o valientemente confiesen que no pueden mandar, y desenmascaren a los que están haciendo gran mal al país….. y a los otros les diré: no estorben” ( 16-03-80).
También en otra línea de denuncia dice este obispo: “No podemos callar si somos Iglesia Profética en un mundo tan injusto. Sería de veras la realización de aquella comparación tremenda….! perros mudos”…. ¿ De qué sirve un perro mudo que no cuida la heredad? “Que quede constancia de que la voz de la Justicia, nadie puede matarla ya”… “ Esta denuncia me la impone el Evangelio por el que estoy dispuesto a enfrentar el proceso y la cárcel, aunque con ello no se haga más que agregar otra injusticia”… “La Iglesia tiene que decir su palabra aún cuando caiga mal a aquellos que quieren hacer respetar más la voz de su “rey” que el mensaje de Dios”. ( 15-07-1.979)
Después de esto, miro hacia un lado y comparo obispo con obispos… y me invade una profunda tristeza.
Porque en este modo apergaminado que tiene la mayoría de la jerarquía de la iglesia de difundir el mensaje del Nazareno, se corre el peligro, quizá deprimente realidad, de institucionalizar a Dios, reduciéndolo a una estatua de barro. Solo desde nuestra soledad interior, podremos institucionalizarle, pero será en este caso para convertirle en el motor de una vida puesta al servicio del otro; si no, todo es una falsa comedia.
¡ Qué lástima y qué dolor que ésta Iglesia, en el amanecer del tercer milenio, no se acuerde de quien debiera ser uno de sus hijos predilectos, uno de sus Santos predilectos, que por amor al Mensaje Liberador de Jesús, le arrancaron la vida!. Oscar Arnulfo Romero Galdámez, profeta y mártir, a pesar de muchos en esa Iglesia.
Monseñor, como aprendiz de cristiano, reflexionó sobre su valentía evangélica….. y créanme que su testimonio de vida y su palabra me cuestionan.
Así como los asesinatos de los Jesuítas, Ignacio Ellacuría, sus compañeros también Jesuitas y la señora y su hija, que atendían las labores domésticas en la Universidad Central Americana, también en el Salvador. ¡Dios mío, sólo por estar junto a los pobres!










