OPINIÓN | ¿QUÉ ES EL AYUNO Y LA ABSTINENCIA?

Iglesia de Santa Bárbara

El 14 de Febrero, Miércoles de Ceniza, comienza la Cuaresma. Jesús murió un Miércoles, de ahí los Miércoles de Ceniza y Resucitó un Sábado. También hay fuentes que reseñan que pudo nacer en Abril, en Septiembre…

Vivimos en una sociedad, en la que renunciar a comer carne los viernes de Cuaresma y ayunar voluntariamente, sólo es un lujo de gentes, que cumplen el mandato de no comer carne, acaso sí se puedan inflar del caro marisco. Hay una gran parte de la población española, que “renuncia a la carne y ayuna” por ser pobre, por culpa de la desigualdad social, y los precios, durante todo el año.

Al llegar la Cuaresma, la Iglesia Católica, recuerda a sus fieles el deber de hacer penitencia, para preparar el cuerpo y el espíritu a la conversión. Hace una llamada a rectificar el estilo de vida que suele inclinarse al buen vivir: la norma de ese buen vivir es: “viva yo caliente y ríase la gente” que decía nuestro gran poeta cordobés, Luis de Góngora.

 

En Cuaresma se nos invita a hacer penitencia: la de abrir los ojos y los oídos al clamor de las víctimas de un sistema injusto, para convertirnos a una vida más comprometida con los que lo pasan mal de cualquier manera, sea en Ucrania, en Palestina, en el campo de refugiados del Sáhara, o en el mismo Linares.

Se nos invita en Cuaresma a vivir de manera más intensa, con el propósito de avanzar en el camino de la conversión y el obtener perdón de los pecados (es decir, crecer y madurar en la capacidad de ser conscientes de nuestro egoísmo visceral, como habitantes del barrio rico de este mundo nuestro). Se trata de cuarenta días, cronológicamente hablando, en recuerdo del tiempo que Jesús pasó en el desierto y de los millones de seres humanos que atraviesan el desierto de la discriminación, la desigualdad, la marginación. Los “descartados” que dice el Papa Francisco. Los que no cuentan para nada, a la hora de participar en el festín de la sociedad del bienestar que, aunque hay crisis, solo existe para una minoría, cada día.
Independientemente de cuántos puedan ser, los que cumplen con esta práctica, quienes deciden seguir la norma eclesiástica de privarse durante la Cuaresma, de ciertos tipos de alimentos, todos ellos deciden hacerlo libremente o por temor a pecar, porque ese concepto del pecado, la Iglesia, nos lo ha inculcado hasta la médula.

Pero eso sí, a sabiendas de que, una vez acabada la celebración de la Pascua, se podrá volver a lo mismo. Otros, en cambio, de manera más civilizada y habitual a como lo venían haciendo. Lo que dicho en “román paladino” significa que en general, mucha gente, acabará con muy poco o nulo propósito de enmienda. Si nos atenemos, al mundo a la sociedad rica, bien estante y opulenta, observamos que también se cumple con las exigencias de otra «cuaresma», asumidas libremente claro, que tienen como finalidad conseguir otros objetivos.

Estarían, en primer lugar, quienes, siguiendo las recomendaciones del facultativo de turno, optan por poner freno a ciertos excesos de comida y de bebida, si es que de verdad quieren conseguir recuperar la salud, demasiado deteriorada en algunos casos.

Luego, estaría la «cuaresma» de quienes se abstienen de cuánto haga falta y más, con tal de conseguir los cánones de belleza física impuestos por la moda social del momento. Para ello no escatiman ni las privaciones más dolorosas, que les puedan llegar a imponer. A pesar, eso sí, de que la mayoría de las veces, todo ello no les hace más felices, ni mucho menos. Más bien, en muchos casos, todo lo contrario. Pero es igual; han conseguido lo que pretendían: ser admirados y envidiados por algunas gentes.

Hay que decir, en honor a la verdad, que estos últimos no solo desconocen la abstinencia, sino que practican de manera devoradora lo contrario de lo que ella significa. Consumen hasta la saciedad cuantos productos, materiales o no, les proponen quienes han conseguido introducirlos en el canon de belleza que a ellos les interesa. Productos que, según les dicen, no van a destruir su belleza exterior, a pesar de que interiormente les conviertan en auténticos adefesios y en verdaderas marionetas manipulables.

Por último, hay unos terceros, de aquí, de allí, del otro lado y de más allá. Este es precisamente uno de los efectos secundarios de la globalización, que ya llevan ayunando desde hace tiempo. ¡Y lo que les queda! Pero no porque así lo hayan decidido ellos, sino porque otros, que sí que sabemos quiénes son, aunque no den la cara, lo imponen sin más. Simplemente pasan hambre.

No estaría mal que, en estos momentos, todos, unos como creyentes en el mensaje de Jesús, otros, con un poco de buena voluntad, recordáramos las palabras del profeta Isaías:

«Más bien, el ayuno que yo quiero es que se desaten las ataduras de la impiedad, que se suelten las cargas de la opresión, que se ponga en libertad a los oprimidos, ¡y que se rompa todo yugo! Ayunar es que compartas tu pan con quien tiene hambre…..¡y que no le des la espalda a tu hermano!”

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