OPINIÓN | LAVARSE BIEN LAS MANOS ANTE LA COVID19

Entre el pasaje bíblico de Pilatos y la laudable petición del admirable y admirado doctor Fernando Simón, hay una gran diferencia que da pié a lo que aquí reflejo. Una observación somera nos puede llevar a aquella versión del gobernador romano que, a prisa y corriendo, quiso quitarse de en medio. De otra manera podría decirse como escurrir el bulto o no asumir la responsabilidad que a cada cual toca. Llevar mascarilla y lavarnos con frecuencia y bien, es -por el contrario- parte de lo que se espera de cada quisque frente a este mal colectivo de la pandemia. La higiene ante el peligro de infección y corrupción subsiguiente, exige un rigor suficiente; el peligro del bicho sigue ahí y ha de impedirse su propagación. Por eso hemos de llevar la pulcritud a todo posible intersticio de la piel o las uñas, no sea que el llamado “luto” emponzoñe las siguientes manipulaciones.

Esa actitud, conveniente en cualquier situación personal o colectiva, es especialmente deseable en la presente situación de tribulaciones por las que pasa este sufrido país. Más que de banderas en el balcón, creo yo, es más deseable que cada cual- a ser posible sin excepción- cumplamos con lo que a cada cual corresponde. No voy a insistir otra vez aquí en la proporcionalidad, pues no saldremos pronto y con bien de la crisis sanitaria, económica y de credibilidad que el presente nos depara. Y es que, cuando aparentemente-toquemos madera- lo sanitario parece escampar, hemos de procurar que éste no recule y que abordemos con serenidad los otros dos aspectos. Con relación a lo económico, que no es moco de pavo, parece que, con lo obtenido de Europa y su nueva actitud, empezamos con buen pie. Quedan muchos capítulos difíciles para que el quebranto del país en su conjunto se aborde con solidaria sabiduría y que se pueda ver el futuro con optimismo. He mencionado tres aspectos, y de los dos primeros empiezo a ver algunas señales positivas. El último, tan importante o más que los anteriores, puede -a su vez- condicionar a los anteriores. Veamos.

Durante el confinamiento, han ocurrido dos hechos importantes. Uno ha sido la actitud de la derecha de este país tan diferente a la de cualquier otro. El segundo relativo al rey emérito, que en principio pasó más desapercibido por encierro ciudadano, ahora surge con más fuerza si cabe. Hablo de la corrupción en la Casa Real que, sin ser nueva, es en los últimos años cuando más se ha conocido. Primero fue el capítulo del matrimonio de la princesa y Urdangarín, al que seguiría aquel escándalo por el que el rey emérito pidió perdón y prometió que no se repetiría. Aunque entonces ya apareció la señora Corina, se trató de quitar hierro al asunto con su abdicación en Felipe VI. Desde entonces han seguido saliendo capítulos de la vida y hacienda de rey emérito en que aparecen hechos dudosos referidos a la época de Rey inviolable y otros a la posterior. La primera tuvo que ver con aquella cacerolada durante el encierro a la que Felipe VI se refirió sólo con cierto alejamiento de su padre. Sin embargo, no dijo ni pío a la España recluida en sus domicilios. Lo más que dijo es que renunciaba a su “posible” herencia depositada en Panamá. Luego ha ido aumentando la separación entre el monarca y su padre, para que los escándalos que han seguido conociéndose afecten lo menos posible a Felipe VI.

Ahora la situación afecta a la monarquía borbónica, institución poco defendible como he señalado aquí. El cambio de régimen comporta un proceso enrevesado casi incompatible con la salida de las crisis sanitaria y económica. Sin embargo, para la salida común no se pueden cerrar los ojos ante la corrupción económica ante el mayor empobrecimiento del pueblo. Tratar que de que la justicia parezca más igual para todos, exige que Juan Carlos dé la mínima cuenta por sus fechorías y que la monarquía se aleje de las mismas. Eliminar las disposiciones que permiten la impunidad de estos hechos, separar la institución de la ciudadanía que requiere para sí los mismos privilegios. Para ello, debe dar ejemplo cumpliendo con la Justicia y con Hacienda como la ciudadanía. Esa si será la manera de lavarse bien las manos para una democracia coronada en trance de ser República

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