Existen en este nuestro mundo, personas que buscan la soledad, porque necesitan un tiempo para reflexionar serenamente, alejadas del mundanal ruido. Estas personas llamadas eremitas o ermitaños, se dedican durante un tiempo a profundas reflexiones, con el objetivo de conocerse mejor, y la idea de evolucionar como seres humanos, para consigo mismos y para con el prójimo. Esta, no es una huida como fue la de los esenios en tiempos de Jesús, sino un trabajo de introspección para crecer espiritualmente. Los esenios, habían roto con la sociedad de aquella época porque consideraban que esas gentes estaban contaminadas, hasta el punto de no bajar nunca a aquel lugar que decían infectado, pecaminoso, porque según ellos, ese pueblo pecador, era rechazado por Dios. Vivían en la meseta de Masada y sus necesidades eran cubiertas por recaderos que por supuesto, no tenían acceso a la citada meseta, subiendo mediante poleas todo lo que esta secta necesitaba para vivir. Estas son las soledades buscadas.
Es bueno y recomendable disponer de espacios de tiempo para esa reflexión con el objeto de progresar en ética y espiritualidad sin llegar a los extremos antes citados. De esa forma sí son aconsejables; podríamos asemejarlos a lo que hoy llamamos ejercicios espirituales, congregaciones religiosas de clausura etc.,. Pero este tipo de reflexiones no nos deben aislar del mundo en que vivimos como lo hacían estos citados esenios, sino que a través de ellas, podamos mejorar en nuestro vivir, sentir y actuar. Al fin y al cabo somos seres sociables. Hay muchas congregaciones religiosas y seglares en la actualidad, que transitan este camino y su reflejo es muy bueno para esta sociedad que nos ha tocado vivir. Estas son las soledades buscadas; unas de forma temporal, otras permanentes para ese crecimiento espiritual.
Otras, que son las soledades impuestas, no dependen de nosotros, sino que nos son adjudicadas a las personas que molestan el “vivir sano” tanto a quienes se sienten familia, como a su entorno social (amigos, conocidos, etc.,).
Pero para estas personas que viven y sufren este tipo de soledad, es el morir anticipadamente en un mundo que se siente “puro”, un mundo que vive condicionado por la opinión de los demás, un mundo falso y cruel que un día dejó abandonada a una persona enterrándola en vida, haciéndole vivir y sentir su propia condena social, y también el propio infierno.
Hace algún tiempo, conocí a un hombre que fue funcionario de prisiones, y que a causa de un acto de humanidad para con dos presos, sufrió una sanción de un año de suspensión de empleo y sueldo, ordenada por la dirección de ese establecimiento penitenciario. Este hombre, buenísima persona, creyente como el que más, vivió y sigue viviendo ese infierno. Casado, con cuatro hijos, se le negó poder ver al pequeño de solo seis años. Sus hijos mayores no quisieron saber nada de él y su esposa tampoco. Lo echaron de casa. Demandó a su esposa que le negaba ver al hijo; hubo un juicio en que él ganó el poder ver al pequeño, pero a pesar de la sentencia, su esposa seguía negándole ver al chaval, y entró en una depresión tal, que dormía en los cajeros de los bancos. Toda esta situación abominable, le llevó al consumo de cerveza y la policía lo encontró bebido en uno de esos cajeros, tumbado en el suelo. La consecuencia supuso su ingreso en una entidad para su recuperación. Entidad que lo trató durante meses, peor que en un presidio, por lo cual su fue de allí y desde entonces no he vuelto a saber nada de él. Éste es su periplo que puede provocar auténticas lágrimas de dolor a personas que lean este suceso.
Son las auténticas soledades impuestas, por personas que quienes se sienten puros y limpios de corazón y que desprecian al otro, a la otra, dejándolos tirados como una colilla. ¿Dónde están las conciencias de quienes condenan? Ante la lapidación de la prostituta, Dice Jesús en el Evangelio: “Quien esté libre de pecado, que arroje la primera piedra”. (J.8 7-11)
OPINIÓN | SOLEDADES BUSCADAS, SOLEDADES IMPUESTAS (Juan Parrilla)











