La República española de 1931, con sus aciertos y errores fue un régimen democrático de principio a fin.
Fue acogida con gran esperanza por el pueblo frente a una monarquía anquilosada e irresolutiva que tenía hundida a España. La República ofreció unos postulados en las esferas de lo social, lo político, cultural y unos avances en reformas varias (agricultura), que jamás podían pensarse. El abanico político republicano, se formó desde las ideologías extremas en la derecha y en la izquierda, pasando por el centro y el socialismo. Los sectores más radicales de la derecha (aunque había parte de ella a favor de la República) junto con el ejército casi en su totalidad y con el apoyo ideológico de un gran sector de la Iglesia, provocaron el golpe de estado que tuvo como final consecuencia la Guerra Civil.

Dicho esto, comentar también que no hubo justificación por parte de ningún bando para llegar a las tropelías que se cometieron en plena guerra.

Pero después de ella, no hubo piedad para los vencidos, ya que los vencedores se cebaron con ellos durante casi 40 años. Los caídos en el bando golpista, han sido exaltados hasta la saciedad, pero no olvidemos que todos lucharon por una idea de España, aunque bien diferente.

Es momento de hacer justicia histórica con los represaliados, encarcelados y asesinados por la dictadura franquista después de la guerra, para que sean rescatados del olvido y de la memoria que no quiere re-memorizar.

Sólo de esta forma conseguiremos romper con los tabúes y cerrar definitivamente las heridas abiertas de forma genocida. Desgraciadamente, estas ideas sólo parten de la izquierda, ya que la derecha, hábilmente se limita a decir que “no debemos desenterrar el pasado”.

Los arqueólogos, antropólogos e historiadores, no tienen más remedio que “desenterrar”, para curar esas heridas, que pese a muchos siguen abiertas. Es momento de hacerlo extirpando la infección que las mantiene de una vez por todas, una infección que dura ya ochenta años. Nuestros hijos y nietos tienen el derecho y el deber de conocer el pasado, para que desde el presente no vuelvan a cometerse las mismas atrocidades. Sin odio, sin rencor, sin miedo, con la verdad histórica por delante.
Amén de la casa de cada cuál… ¿Qué Historia se les enseña a los chavales, cuando sobre todo en algunas CC.AA sólo se circunscriben a la Historia que los gobiernos de esas autonomías imponen en los colegios?
¿No tienen derecho las familias de las víctimas a recuperar sus cadáveres y dar un entierro digno a sus seres queridos asesinados?

Aquellos que dicen que no se deben abrir heridas… ¿Han vuelto la oración por pasiva, poniéndose en el lugar de los que claman Justicia? No se pueden abrir heridas porque siguen abiertas y porque con los muertos en las cunetas, los asesinados en las tapias de los cementerios y aquellos que trabajaron en el mismo Valle de los Caídos, sin localizar y/o sin identificar aún, se tiene que dar la necesaria catarsis que permita a algunos, la valentía de pedir perdón reconociendo aquellos asesinatos y de la otra parte, la generosidad de perdonar. Sólo entonces se podrá pasar página de esa horrenda parte de la Historia, pero sin olvidarla para no tropezar dos veces en la misma piedra.

Hitler y Mussolini no están en ningún sitio público para que sus fieles los idolatren.

Lenin sí que está expuesto en su mausoleo en el exterior del Kremlin, al igual que Franco que aunque no es visible su cadáver también es idolatrado como Lenin. ¿Cuánto tiempo ha de pasar para que estos dos dictadores se entierren definitivamente en lugares no dependientes del Estado y del Patrimonio Histórico Nacional?

Y con respecto a la “Iglesia Poder” aliada del franquismo, que no es la Iglesia del Pueblo, si Jesús volviese de nuevo… ¿Cómo vería, qué diría ante una Iglesia “oficial” llena de corrupción, de podredumbre, rica, ostentosa, pegada siempre a los poderes que le convienen?

Y el Papa Francisco y muchísimos más, sufriendo por todo ello y haciendo denuncia pública.

El Evangelio y la vida de Jesús son radicales, aunque algunos intenten disfrazar esa radicalidad adaptándola a su “yo” para no tener conflictos interiores que le cuestionen su fe adormeciendo su conciencia.