Calladamente se nos ha ido Paco, hoy tenía que estar compartiendo conmigo, con todos, la aparición de mi libro Susurros, en el que él está a través de  algunas palabras de Natalia Castro, nuestra musa gitana de Julio Romero de Torres. Él  la conoció cuando era niño, me habló de ella, me dejó sus recuerdos, mucho de lo que yo he novelado sobre la persona de Natalia se lo debo a él. Cuando lo terminé le llamé y le di las gracias, fue la última vez que hablamos, y paradójicamente él fue quien me las dio a mí. Así era Paco…  Una gran persona, una bella persona. Mi homenaje y mi recuerdo irán entrelazados en mi libro, ya para siempre, en las siguientes palabras…

SUSURROS. NATALIA CASTRO. MI GUÍA CON ELLA: PACO LÓPEZ ESCRIBANO.
—¿Quién se acuerda de los billetes de 100 pesetas?  Pues se dijo que Natalia Castro era la mujer morena de esos billetes.
—Pero no lo era.
—Hola, Natalia. No, no lo fuiste.
—También se dijo que yo era “la Fuensanta” y de ahí la confusión. Todo el mundo creyó que sí, y yo lo dejé estar. De todas formas yo estoy en el trasluz del billete.
—Por eso que en Linares ibas en coplillas…

“Y  así la mujer aquella,

en nuestra ciudad nacida,

fue luego famosa estrella

en un billete prendida….”

—Así todo queda en casa… ¡Qué pequeño era el mundo entonces…!
—El mundo es pequeño siempre.
—Tienes razón. Pero cuéntame, llegasteis a Linares en los años 40. Estuvisteis aquí unos 15 años, hasta que murió Luis, el Pavo, en 1.954.
—Sí, vivimos en la calle la Virgen nº 30, Luis y yo, aquí tuvimos una vida muy dura. Éramos muy pobres, yo tenía que pedir limosna por bares y tabernas. Decía… “dame algo p´al Luis, o “dame algo p´al Pavo”… y así íbamos subsistiendo. Subsistiendo. A veces los niños de la calle me daban alguna perra chica o una perra gorda.
—Parece ser que no se dejaba ver mucho, sólo cuando iba a trabajar con su guitarra, y por la noche. Tenía algo en la voz, he oído que te llamaba con un silbato…
—Sí, cuando me buscaba me llamaba con un pitido del silbato.
—Y tú salías…
—Pues claro. Al encuentro de  mi hombre…
—¿Y de ti quién se preocupaba?
—No pasaba nada, nunca nos faltó pa’ comer, no bien, pero comíamos.
—Habías sido modelo de los mejores artistas… ¿No lo recordabas? ¿No te dabas importancia?
—Con el hambre tó se olvida.
—Conservabas tu prestancia, Natalia, a pesar de tu figura encorvada, siempre vestida de oscuro y en invierno con un grueso chal sobre los hombros… Eras una mujer impresionante, ese es tu recuerdo en Linares. Me han contado que en verano, a la caída de la tarde, sacabas tu silla baja de anea, la ponías junto a la puerta de la casa, a la izquierda del umbral, te sentabas y, acariciada por el fresquito, perdías tu mirada en la lejanía. Y así pasabas horas, abstraída, hasta que se echaba la noche. ¿Es verdad? ¿En qué pensabas?
—No pensaba en nada, me dejaba ir por los recuerdos. Sentía.
—Los chiquillos de la calle, a veces, te daban con la pelota y tú ni te inmutabas. Hasta que un día miraste a uno de ellos.
—¿Sí?
—Eso fue para él inolvidable, sobre todo se quedó con tus ojos…
—¿Qué decía de mis ojos?
—Que tenían un algo indefinible, algo especial que atraía. Que aquellos “acais” te daban un aire entre “melancólico, triste y añorante”. Que a veces se sentaba sólo para mirarte. Tenía que ser así cuando un niño pudo darse cuenta de ello.
—Bueno, no en vano dice la copla que tenía ojos de misterio… ¿No?

Ese niño era Paco López Escribano, estas palabras dicen mucho de su sensibilidad y gran humanidad. Le echaré de menos, yo pensaba mirarle hoy a sus “acais” y recibir una sonrisa, su franca sonrisa plena de generosidad. No ha podido ser, pero os diré si, de todos modos, lo puedo sentir cerca. In memoriam, querido amigo. En mi memoria.