En el pasado mes de septiembre se han cumplido dos años ya desde que está presente en Canal Sur el programa “Tiene arreglo”.  Este programa se convirtió en líder de audiencia desbancando a programas consolidados de otras cadenas, incluso a nivel nacional. Rápidamente obtuvo varios premios de reconocimiento autonómico, como en marzo del 2012 el Premio Al-Andalus en su XVII Edición, en la categoría de Solidaridad. También consiguió en abril 2013 el Premio Iris, de la Academia de las Ciencias y las Artes de la Televisión al “Mejor programa de entretenimiento autonómico”.

Hay que destacar lo curioso de este último premio, categoría al “entretenimiento”, palabra que nos debería hacer saltar de nuestros sillones cuando se habla de grandes dramas sociales. Sin embargo, este premio puede considerarse la antesala para que posteriormente, en agosto de este mismo año, el programa haya llegado a la cadena nacional de TVE con el mismo formato y presentadora, aunque con distinto nombre, “Entre todos”, y horario de tarde.

Es verdad que en su primer año y medio, 1.000 personas recibieron ayuda y más de 100.000 personas colaboraron en ello. En momentos de crisis económica en la que vivimos una bocanada de aire fresco hace que ante la desesperación, la gente encuentre esperanza y respire algo. Es decir, hay gente que puede pensar que es todo un logro sólo por el mero hecho de “salvar” a esas personas de caer en la más honda miseria de la exclusión social. Pero nuestra pregunta va más allá. ¿Cómo podemos sentir empatía con personas que con su historia me acercan a una realidad aplastante, pero no somos capaces de empatizar con esa misma historia a nivel más general? ¿No sería más lógico preocuparnos o actuar y evitarlo para todo el mundo?

Lo que nos encontramos es que no nos indignan los 283 millones/euros que se han recortado en el año 2012 a la Dependencia, para esas personas que cuidan o necesitan de atenciones. Se ignora que se prevé llegar a 18 millones de personas que pueden llegar a la exclusión social en los próximos 20 años, según datos de Intermón Oxfarm. Las cifras de Eurostat nos siguen diciendo que España es la mayor fábrica de parados de toda la Unión Europea, con una tasa de desempleo que multiplica por más de dos las medias comunitarias: el 26,6% frente al 10,7% de la UE-27 y el 11,8% de la zona euro. Vemos seguir reduciendo los  presupuestos generales del 2013 que recortan el 21,1%  en educación y el 13,7% en Sanidad. Todo ello acompañado de una media de 526 desahucios diarios desde el 2012. Por otro lado, en 2011 había aumentado en 16.000 el número de ricos en España con respecto a 2008, mientras sigue aumentando el índice de pobreza, y la brecha social de desigualdad. No terminamos de ver los datos del 21,1% de población en 2013 que reside en nuestro país por debajo del umbral de la pobreza, según el INE. ¿Hay crisis económica generalizada o los problemas de la crisis lo están sufriendo sólo una parte de la población?

Ante esa realidad, no nos echamos a la calle a reclamar nuestros derechos, para evitar esta situación injusta para la población. O si lo hacemos, sentimos que las manifestaciones no son escuchadas ni salen en programas de televisión que lancen mensajes de implicación y cooperación colectiva. En la mayoría de los casos nos quedamos en casa y nos sentimos impotentes ante esa realidad aplastante. Hemos aprendido (o nos han enseñado) a sentirnos incapaces ante el mal colectivo. Creemos que no estamos preparados para transformar esa realidad. Sólo nos sentimos capaces de realizar minúsculos arreglos porque somos pequeños, insignificantes para solucionar este mundo tan complejo.

William Shakespeare decía: “No basta levantar al débil, hay que sostenerlo después”. Este tipo de programas ayudan algo al débil, pero no lo sostiene en el tiempo. No llega a solucionar el fondo y menos nos ayuda realmente a afrontar a medio y largo plazo las soluciones. No hace crítica social, no hace ciudadanía activa. Fomenta un sentimiento individual pero no colectivo, que es la base del cambio social para mejorar o enfrentarnos verdaderamente a los problemas. Nos quedamos en cooperar en la forma y no en el fondo. Confundimos nuestros derechos, esa facultad natural que tenemos de hacer legítimamente lo que conduce a los fines de la vida, al bien colectivo. La lucha suena a rebeldía, y la rebeldía a desobediencia. Al mismo tiempo la desobediencia da miedo. Parece que crea el caos, el vacío. Sin embargo, el cambio no tiene porqué ser negativo, imposible, ni insolidario. Igual el cambio significa nuevo, lo posible, lo cooperativo.

Me alegra saber que hay gente buena que se siente feliz haciendo “cadena de favores”. Y es un paso pasar de las “telenovelas” a un programa basado en sentimientos. Pero no nos quedemos en el sentimentalismo, avancemos un poco más. Podemos hacer mucho más, sintiéndonos participes reales de esta sociedad que trata a nuestros semejantes como cosas no como personas. Y ser activos, participar en movimientos, asociaciones, bancos del tiempo, procesos de autogestión, minicréditos solidarios, democracias más participativas,… Estamos ante un mundo nuevo. Ese intercambio no se queda sólo en la televisión. Aprendamos que está mucho más cerca, quizás en la casa de al lado, en nuestro barrio, en nuestra ciudad. Podemos conseguir una ayuda que llegue a toda la sociedad que nos rodea. ¿Por qué no? Y esta sí, Entre todos.

Teresa María Gómez-Pastrana Jimeno

15M Linares