Vivimos demasiado deprisa esperando que lleguen tiempos mejores, en los que podamos ver las cosas con más calma y sosiego, confiados en que todo cambiará en beneficio nuestro.

¿Realmente valoramos lo que tenemos?, ¿disfrutamos del tiempo en que estamos con nuestra pareja, hijos, familia, amistades…? o por el contrario, ¿el estrés que llevamos a diario, nos impide saborear los momentos que compartimos con las personas, que realmente nos quieren, y no caemos en la cuenta de que merecen que les dediquemos parte de nuestro tiempo, ya no en cantidad, sino en calidad?.

La vida es irrepetible, una oportunidad de oro para reflexionar…hacer  proyectos…tener ilusión…sentir emociones agradables…, y en definitiva, vivir de manera intensa nuestro tiempo que, dicho sea de paso, es bastante limitado; a veces, mucho más de lo que podemos imaginar.

¿Merece la pena invertir nuestro precioso tiempo en discusiones sin importancia, producto de nuestro orgullo de querer llevar siempre la razón, sin importarnos la opinión del otro?.

Si pudiésemos ver con transparencia el fondo que tiene cada persona, nos llevaríamos muchas sorpresas, pues, las apariencias engañan, y vivimos un mundo aparente donde, el que dice lo que piensa, es marginado y relegado a lo más recóndito, por eso no nos extraña esas relaciones aparentes, que no afectivas, donde el echarse la mano por encima del hombro, representan un soportarse sin más, a cambio de intereses bien definidos.

En nosotros está el quedar bien con todo el mundo, llegando incluso al servilismo para conseguir nuestros intereses, o por el contrario, ser “auténticos”, y honestos con lo que representan los valores humanos, pagando el precio de la incomprensión y discriminación.

Decía una persona mayor, ya fallecida, una frase sabia: “siempre me ha gustado a mí el tratar con quien me entienda, que me dé y no me quite, y por detrás que no me venda”

Para conseguir todo lo bueno hay que sufrir y sacrificarse, pero al final llega la recompensa; lo malo se consigue con astucia y engaño, pero al final hay que pagar un precio, que llegará seguramente cuando menos se espera, pero al final se impone la justicia, aunque no se vea de inmediato.

No hay mejor almohada para descansar que nuestra propia conciencia.

Miguel Sánchez Silvestre

Friends - Foto: Ross Pollack (Licencia Creative Commons)

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